La aldea perdida
La aldea perdida Nolo la preparaba de vez en cuando alguna sorpresa, un mirlo con su jaula, un jilguerito, una pareja de palomas torcaces. Pero lo que le dió más alegrÃa, lo que hizo realmente época en su vida, fué el regalo de un corzo de crÃa que el zagal habÃa logrado cazar. Al ver á aquel animalito tan lindo, tan tierno y vivo al mismo tiempo, Demetria perdió la chabeta, daba saltos y gritos, le alzaba entre sus brazos, le besaba en el hocico, no podÃa separarse un punto de él ni tenÃa ojos para otra cosa. De tal suerte que Nolo, al verse tan pospuesto, no sabÃa si alegrarse ó arrepentirse de habérselo regalado. Fué gran trabajo para el tÃo Goro llevarlo hasta Canzana. El animalito no querÃa ó no podÃa andar: la niña no bastaba á conducirlo en brazos. Pero cuando estuvo en Canzana se alegró de su fatiga al contemplar la dicha que embargó á su hija durante algunos dÃas. ¡SÃ, algunos dÃas nada más! El ingrato corzo, alimentado con leche recién ordeñada como el hijo de un caballero y renuevos tiernos de zarzamoras que la niña iba recogiendo todo el dÃa por los caminos, agasajado y mimado como ningún infante lo fuera, pues hasta se le dió derecho de dormir en la misma cama que ella, ¡quién lo dirÃa!, se huyó una tarde á los montes y no volvió á parecer más. La pena de Demetria no puede describirse. Su llanto, su desesperación hubieran conmovido á aquel monstruo de ingratitud si hubiera podido verlos, le hubiera hecho tal vez aceptar de nuevo un yugo tan dulce. Pero no vió nada. En aquellos momentos triscaba solitario por el monte en espera de la noche tenebrosa y con ella de algún lobo cruel que castigara su perfidia.