Las memorias de Mama Blanca
Las memorias de Mama Blanca Y agarró, sacrílega, uno de mis papillotes, cuyas frágiles alas de mariposa quedaron entre sus dedos. Pero ¡ay del valentón el día en que el tímido dice «aquí estoy»!. Al ver mi papillote violado, animada de un furor sacrosanto, con gran sorpresa de Violeta, me lancé como un relámpago sobre sus crespos y los agarré de raíz a manos llenas. La cabeza insolente y desprevenida, sacudida en todas direcciones, trataba de desasirse inútilmente. Buscando entonces defensa, las uñas de Violeta se clavaron a ciegas en mis orejas; pero yo, sin soltar los crespos por vengar las orejas, la mordí en el cuello. Así las cosas, estrechamente enlazadas iban a mordisco, pellizco y sacudidas, cuando uno de los cuatro pies resbaló, arrastró al grupo entero en el resbalón, la lucha rodó al suelo y siguió en el suelo hasta dar en un barrial, porque había llovido y la escena tenía lugar frente al corral de las gallinas.