Las memorias de Mama Blanca

Las memorias de Mama Blanca

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Cuando nos separaron estábamos cubiertas de barro y teníamos dibujados, en sangre ella, mis dientes, y yo sus uñas. Evelyn nos levantó del suelo, nos tomó a cada una de la mano y distribuyendo por partes iguales sus reprensiones y cuidados nos lavó, afeó nuestra conducta y nos cambió de ropa. Cuando enterada de lo ocurrido llegó Mamá, nos hallábamos ya con los vestidos limpios y yo por mi parte considerando mi honor lavado en la reyerta, como mis brazos y piernas acababan de serlo en la palangana, me sentía inclinada a una reconciliación. Mamá, haciendo coro con Evelyn, dijo que nuestra conducta la avergonzaba y la entristecía. Las cosas no hubiesen pasado de ahí, pero ya lo he dicho: la agresión o apetito bélico de Violeta no conocía límites. Si yo, la ofendida, me daba por satisfecha, ella la ofensora no tuvo a bien cesar las hostilidades. ¡Esta vez su agresión iba a costarle cara!

Dirigiéndose a Mamá, en tono de víctima, cosa que exigía urgentemente una nueva discusión, dijo:

—Mira, Mamaíta, mira, cómo me clavó sus dientes aquí; lo mismo que si fuera un perro bravo.

Y enseñó la media luna cárdena que se dibujaba en efecto a un lado del cuello. Yo tuve naturalmente que replicar:

—Porque ella, Mamá, mira, me encajó sus uñas en mis dos orejas.


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