Episodios nacionales para ninos

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Atravesé la puertecilla que comunicaba el patio de la casa de Ferragut con el de la mía, cuando tropecé con un duro cuerpo. Era Nomdedéu, que, sin ninguna insinuación cortés, poseído de brutal egoísmo, pretendió que le diese la hermosa presa que yo llevaba. Mi furor repentino no me dio tiempo ni aun para una negativa verbal. Yo no era hombre; era una bestia rabiosa que carecía de discernimiento para reconocer su estúpida animalidad… Me arrojé sobre Nomdedéu; le derribé sin trabajo; le increpé con bárbaro rugido; clavé mis dedos en el cuello enjuto del doctor, le sofoqué hasta que los brazos de éste se extendieron en cruz… Exhaló don Pablo un gemido, y cerrando los ojos quedó mudo, inerte.

Me levanté jadeante, y sin lástima miré al hombre sin ventura que a mis pies yacía. Napoleón, que durante la lucha se había visto libre, huyó arrastrando la cuerda que era como prolongación de su cola… Pasé yo a mi casa, y en el taller encontré a Siseta acurrucada y llorosa. A su lado vi el cadáver de Gasparó, y más al fondo advertí la presencia de una tercera persona.





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