Gorgias
Gorgias SÓCRATES. —Me admiro al ver que intentas refutarme con argumentos de Retórica, como los que producen los abogados ante los tribunales. AllÃ, en efecto, un abogado se imagina haber refutado a otro, cuando ha presentado un gran número de testigos, mayores de toda excepción, para probar la verdad que alega y que la parte contraria no ha producido sino uno solo o ninguno. Pero esta especie de refutación no sirve de nada para descubrir la verdad; porque algunas veces un acusado puede ser condenado injustamente por la deposición de muchos testigos, que parezcan ser de algún peso. Y asà sucederÃa en el presente caso, puesto que todos los atenienses y los extranjeros serán de tu dictamen respecto de las cosas que refieres, y si quieres producir contra mà testimonios de ese género para probarme que la verdad no está de mi parte, tendrás cuando quieras por testigos a Nicias, hijo de Nicerate, y sus hermanos, que han dado esos trÃpodes que se ven colocados en el templo de Baco; tienes también, si quieres, a Aristócrates hijo de Scellios, de quien es esta preciosa ofrenda que se ve en el templo de Apolo Pitio; tendrás igualmente toda la familia de Pericles, y cualquiera otra familia de Atenas, a tu elección. Pero yo, aunque sea solo, soy de otro parecer, porque nada me dices que me obligue a variarle; sino que al producir contra mà una multitud de testigos, lo que intentas es despojarme de mi bien y de la verdad. Respecto a mÃ, no creo haber dicho nada que merezca la pena sobre el objeto de nuestra disputa, si no te obligo a ti mismo a dar testimonio de la verdad de lo que digo; y a la vez tú tampoco has adelantado nada contra mÃ, si yo, solo como estoy, no depongo en tu favor; no debiendo tú tener en cuenta para nada absolutamente el testimonio de los otros. He aquà dos maneras de refutar: la una, que tienes por buena y contigo otros muchos; la otra, que es la que a mi vez juzgo yo tal. Comparémoslas entre sÃ, y veamos si no difieren en nada; porque los puntos acerca de los que no estamos de acuerdo, no son de escasa importancia; por el contrario, no hay quizá ninguno más digno de ser sabido, ni que sea más vergonzoso el ignorarlo, puesto que el punto capital a que ellos conducen, es a saber o ignorar quién es dichoso o desgraciado. Y volviendo al objeto de nuestra disputa, pretendes, en primer lugar, que es posible que, siendo uno injusto, sea feliz en el seno mismo de la injusticia; puesto que crees que Arquelao, aunque injusto, no es por eso menos dichoso. ¿No es ésta la idea que debemos formar de tu manera de pensar?