Gorgias
Gorgias SÓCRATES. —¿PreferirÃas, Gorgias, continuar, ya interrogando, ya respondiendo, como estamos haciendo ahora, y dejar para otra ocasión los discursos largos, tales como el que Pólux habÃa ya comenzado? Por favor, mantente en tu promesa y limÃtate a responder brevemente a cada pregunta.
GORGIAS. —Sócrates, hay respuestas que exigen precisamente alguna extensión. Procuraré, sin embargo, que sean lo más lacónicas que sea posible; porque una de las cosas de que yo me jacto es de que no hay nadie que me gane a decir las cosas en menos palabras.
SÓCRATES. —Eso es lo que aquà conviene, Gorgias. Muestra hoy tu precisión, y otro dÃa nos darás pruebas de tu afluencia.
GORGIAS. —Te daré gusto; y convendrás en que nunca has oÃdo a ninguno, que se explique con más laconismo que yo.
SÓCRATES. —Puesto que te alabas de ser hábil en la Retórica, y que te consideras capaz de enseñar este arte a otro, dÃme cuál es su objeto; que lo tendrá, a manera que el arte del tejedor tiene por objeto las telas. ¿No es asÃ?
GORGIAS. —SÃ.
SÓCRATES. —Y la música, la composición de los cantos.
GORGIAS. —SÃ.