Gorgias
Gorgias SÓCRATES. —Estoy seguro de que si tú te pones de acuerdo conmigo acerca de las opiniones que yo tengo en el alma, estas opiniones son verdaderas. Observo, en efecto, que para examinar si un alma se encuentra bien o mal, es preciso tener tres cualidades, que precisamente tú reúnes, y que son: ciencia, benevolencia y franqueza. Encuentro a muchos que no son capaces de sondearme, porque no son sabios como tú. Hay otros que son sabios, pero que como no se interesan por mà como tú, no quieren decirme la verdad. En cuanto a estos dos extranjeros, Gorgias y Pólux, son hábiles ambos, y ambos amigos mÃos; pero les falta decisión para hablar, y son más circunspectos de lo que conviene. ¿Cómo no han de serlo, si, por una indebida vergüenza, han llevado la timidez hasta el extremo de contradecirse el uno al otro en presencia de tantas personas, y esto sobre objetos que son de los más importantes? Tú, por el contrario, tienes por de pronto todo lo que los demás tienen. Eres grandemente hábil, y en ello convendrán la mayor parte de los atenienses; y además, eres benévolo para conmigo. He aquà por qué creo esto que digo. Sé, Calicles, que sois cuatro los que habéis estudiado la filosofÃa juntos: tú, Tisandro de Afidne, Andrón, hijo de Androtión, y Nausicides de Colargo. Os oà un dÃa discutir hasta qué punto convenÃa cultivar la sabidurÃa, y tengo presente que el dictamen que prevaleció, fue que no debÃa proponerse nadie llegar a ser un filósofo consumado; y que mutuamente os encargasteis que cada cual procurara no hacerse demasiado filósofo, no fuera que sin saberlo fuerais a perjudicaros. Hoy que al oÃrme me das el mismo conejo que el que diste a tus más Ãntimos amigos, lo considero como una prueba decisiva del interés que tomas por mÃ. Que por otra parte tienes lo que se necesita para hablar con toda libertad y no ocultarme nada por encogimiento de genio, además de confesarlo tú mismo, el discurso que acabas de dirigirme lo prueba perfectamente. Sentados estos preliminares, es evidente que lo que me concedas en esta discusión sobre el objeto en que no estamos acordes, habrá pasado por una prueba suficiente de tu parte y de la mÃa, y que no será necesario someterlo a nuevo examen; porque nada dejarás pasar, ni por falta de luces, ni por exceso de encogimiento; ni tampoco harás ninguna concesión con intención de engañarme, siendo mi amigo como dices. AsÃ, pues, el resultado de tus concesiones y de las miás, será la verdad plena y concreta. Ahora bien, de todas tus consideraciones, Calicles, la más preciosa es, sin duda, la que concierne a los objetos sobre los que me has dado una lección: qué se debe ser, a qué es preciso dedicarse, y hasta qué punto, ya en la ancianidad, ya en la juventud. En cuanto a mÃ, si el género de vida que yo llevo es reprensible en ciertos conceptos, vive persuadido de que la falta no es voluntaria de mi parte, y que no reconoce otra causa que la ignorancia. No renuncies, pues, a darme consejos, ya que con tan buen éxito has comenzado; pero explÃcame a fondo cuál es la profesión que yo debo abrazar, y cómo tengo de gobernarme para ejercerla; y si después que nos hayamos puesto de acuerdo, descubres con el tiempo que yo no soy fiel a mis compromisos, tenme por un hombre sin palabra, y en lo sucesivo no me des más consejos, considerándome indigno de ellos. Exponme de nuevo, te lo suplico, lo que tú y PÃndaro entendéis por justo. Según dices, si se consulta a la naturaleza, consiste en que el más poderoso tiene derecho a apoderarse de lo que pertenece al más débil, el mejor para mandar al menos bueno, y el que vale más para tener más que el que vale menos. ¿Tienes otra idea de lo justo? ¿O ha sido infiel mi memoria?