La República
La República I. Después de haber hablado de esta manera, creà que se darÃa por terminada la conversación; pero, al parecer, todo lo dicho no fue más que el preludio. Glaucón dio en esta ocasión una prueba de su valor acostumbrado, y lejos de rendirse, como TrasÃmaco, tomó la palabra y dijo:
—Sócrates, ¿te contentas con figurarte que nos has convencido de que ser justo es, de todas maneras, preferible a ser injusto, o quieres realmente convencernos?
—Yo querrÃa —le contesté— convenceros realmente, si esto estuviera en mi mano.
—Entonces —dijo— tú no haces lo que quieres, Sócrates; porque, dime, ¿no hay una clase de bienes que deseamos y que buscamos por lo que ellos son, sin cuidarnos para nada de sus resultados, como la alegrÃa y otros placeres puros y sin mezcla, aunque no producen consecuencia alguna duradera, sino el placer de gozar de ellos?
—Sà —respond×, hay, a mi parecer, bienes de esta naturaleza.
—Y ¿qué? ¿No hay otros que amamos a la vez por sà mismos y por sus resultados, como, por ejemplo, la inteligencia, la vista, la salud? Aquellos dos motivos, en mi opinión, nos mueven igualmente a procurárnoslos.
—Es cierto —asentÃ.