La República
La República —Añadamos que tales discursos son muy peligrosos para los que los escuchan. En efecto, cualquier hombre justificará a sus ojos su propia maldad cuando esté persuadido de que no hace más que lo que han hecho los descendientes de los dioses, los parientes de Zeus, que tienen en la cima del Ida, en medio del puro éter, un altar en que hacen sacrificios a su padre, y que llevan aún en sus venas la sangre de los inmortales.[35] Por todas estas razones desterremos de nuestra ciudad esta clase de ficciones, por temor de que engendren en la juventud una lamentable facilidad para cometer los mayores crÃmenes.
—Desde luego —dijo.
—Puesto que hemos comenzado a fijar —continué— los discursos que deben decirse y los que no, ¿hay todavÃa algunos de otra especie de que tengamos que hablar? Ya hemos tratado todo lo que hace relación a los dioses, a los genios, a los héroes y al Hades.
—Ciertamente.
—Aquà corresponderÃa agregar lo relativo a los discursos que se refieren a los hombres, ¿no es asÃ?
—Sin duda.
—Pero, mi querido amigo, en este momento esto es imposible.
—¿Por qué?