La República

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—Y así como habíamos comenzado a examinar las costumbres del Estado antes de pasar a las de los individuos porque creímos que este método era más claro, ahora, ¿qué será más conveniente, que continuemos en la misma forma y que después de haber considerado, desde luego, el gobierno ambicioso (porque no sé qué otro nombre darle, como no sea, quizá, el de timocracia o de timarquía), pasemos en seguida al hombre que se le parece? ¿Observaremos la misma conducta respecto a la oligarquía y al hombre oligárquico, después de haber echado una mirada sobre la democracia, nos fijaremos en el hombre democrático y, por último, llegaremos al gobierno tiránico y examinaremos su constitución, en la cual se nos presentará el alma tiránica, y trataremos de pronunciar nuestro fallo con conocimiento de causa sobre la cuestión que nos hemos propuesto resolver?

—Sí —dijo—; así se hará con más orden este examen y este juicio.

III.—Procuremos, pues, por lo pronto —dije yo— explicar de qué manera puede tener lugar el paso de la aristocracia a la timocracia. ¿No es cierto, en general, que los cambios de todo gobierno político tienen su origen en el partido que gobierna, cuando se suscita en él alguna escisión, y que, por pequeño que se suponga este partido, mientras mantenga en su seno la armonía, es imposible que tenga lugar alguna innovación en el Estado?


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