Obras Morales y de Costumbres II

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Ocupados, en el camino, en estas conversaciones, llegamos a la casa[555]. Tales no quiso bañarse, pues nos habíamos untado el cuerpo de aceite. Por eso, saliendo, contemplaba las pistas, las palestras[556] y el parque, profusamente decorado, a lo largo del litoral; no porque estuviera impresionado de semejantes cosas, sino para que no pareciera que él desdeñaba y despreciaba las muestras de ostenCtación de Periandro. De los otros, al que se había untado ya de aceite o lavado, los criados lo conducían a través del pórtico a la sala reservada a los hombres[557]. Anacarsis estaba sentado en el pórtico y, delante de él, de pie, estaba una jovencita que con sus manos le peinaba los cabellos. A ésta, que se dirigió corriendo hacia él con toda libertad, la abrazó Tales y, riéndose, dijo: «Embellece de tal forma a nuestro huésped, para que no parezca, a pesar de ser muy civilizado, un hombre terrible y salvaje».







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