Obras Morales y de Costumbres II
Obras Morales y de Costumbres II Pitaco dijo que la historia era, en verdad, muy famosa y recordada por muchos[714]. Los colonos que iban a fundar Lesbos habían recibido un oráculo que les ordenaba que, cuando en su navegar llegaran a una roca llamada Mesógeion[715], dejasen caer en el mar un toro para PosiBdón y una doncella viva para Anfitrite y las Nereidas[716]. Los capitanes eran siete y todos ellos reyes y el octavo era Equelao, nombrado jefe de la colonia por el oráculo[717], pero estaba todavía soltero. Echáronlo a suerte los siete, cuantos tenían hijas sin casar y le tocó la suerte a la hija de Esminteo. A ésta, tras adornarla con vestidos y joyas, cuando llegaron al lugar, se dispusieron a arrojarla al mar, después de haber hecho las plegarias. Mas casualmente entre los que iban a bordo se encontraba un joven que estaba enamorado de ella, un noble, al parecer, cuyo nombre, según recuerda la tradición, era Énalo. Éste, sintiendo un invencible deseo de ayudar a la doncella en la dolorosa Csituación en que se encontraba, se lanzó en el preciso momento hacia ella y, cogiéndola entre sus brazos, se arrojó con ella al mar. Al punto se difundió un rumor, que no tenía fundamento, aunque sí convenció a muchos en el campamento sobre la salvación de los dos y sobre su rescate. Algún tiempo después, se dice, Énalo apareció en Lesbos y relató cómo, transportados los dos por delfines a través del mar, los dejaron caer sin daño alguno en tierra firme; también contó otras cosas aún más maravillosas que éstas, que turbaban y fascinaban a la multitud y se ganó la confianza de todos con su conducta. En efecto, al alzarse una ola gigantesca sobre la isla y sintiendo el pueblo temor, salió él solo al enfrentarse con el mar***[718] le siguieron Dpulpos hasta el templo de Posidón. Transportando el más grande de ellos una piedra[719], Énalo la cogió y la consagró al dios y a esta piedra la llamamos Énalo[720]. «En resumen —dijo—, si alguien conociera la diferencia entre lo imposible y lo desacostumbrado, entre lo irracional y lo paradójico, un hombre tal, oh Quilón, sin creer ni desconfiar al azar, sería el más capacitado para observar, como tú recomendaste, la máxima: ‘nada en demasía’[721]».