El ángel de lo raro. Extravagancia.
El ángel de lo raro. Extravagancia. Era una frÃa tarde de noviembre. Acababa de dar fin a un almuerzo más copioso que de costumbre, en el cual la indigesta trufa cons-tituÃa una parte apreciable, y me encontraba solo en el comedor, con los pies apoyados en el guardafuegos, junto a una mesita que habÃa arrimado al hogar y en la cual habÃa diversas botellas de vino y liqueur. Por la mañana habÃa estado leyendo el Leónidas, de Glover; la Epigoniada, de Wilkie; el Peregri-naje, de Lamartine; la Columbiada, de Bar-low; la Sicilia, de Tuckermann, y las Curiosi-dades, de Griswold; confesaré, por tanto, que me sentÃa un tanto estúpido. Me esforzaba por despabilarme con ayuda de frecuentes tragos de Laffitte, pero como no me daba resultado, empecé a hojear desesperadamen-te u n periódico cualquiera. Después de reco-rrer cuidadosamente la columna de casas de alquiler, la de perros perdidos y las dos de esposas y aprendices desaparecidos, ataqué resuelto el editorial, leyéndolo del principio al fin sin entender una sola sÃlaba; pensando entonces que quizá estuviera escrito en chi-no, volvà a leerlo del fin al principio, pero los resultados no fueron más satisfactorios. Me disponÃa a arrojar disgustado
