El cuervo y otros poemas
El cuervo y otros poemas en el aire parecen oscilar
mientras la muerte, gigantesca, vigila
desde lo alto de su atalaya altiva.
Aunque allà bostezan templos y tumbas
junto a las olas de luces profundas,
ni la riqueza que, dormida, brilla
en los ojos diamantinos de las estatuillas,
ni las joyas que los muertos lucen
a las aguas quietas tientan ni seducen;
pues ¡ay! nada las olas cristalinas riza
en esa inmensidad, ninguna brisa,
ninguna cresta anuncia que a lo lejos,
en mares más felices, soplan vientos;
ni la más leve ondulación sugiere
que hubiera mares menos serenos y crueles.
Pero, ¡mirad!, el aire se conmueve.
La ola… ¡allà algo se mueve!
Como si las torres, cediendo apenas,
hubieran desplazado la pálida marea;
como si sus crestas en el cielo tenue
hubieran abierto un claro débilmente.
Las olas adquieren reflejos rojizos,
las horas emiten jadeos enfermizos.
Y cuando por fin calle la tierra gimiente
y esa ciudad en lo más hondo se asiente,
el infierno, por mil tronos ungido,
la reverenciará complacido.