El hombre de negocios
El hombre de negocios Si hay algo que detesto en este mundo es el hombre de genio. Esos genios son todos unos asnos de marca mayor —cuanto más genial, más asnal—, y no hay excepción alguna a esta regla. Sobre todo porque no se puede sacar un hombre de negocios de un genio, como no se puede sacar dinero de un judÃo, ni nuez moscada de una piña. Esos seres siempre se van por la tangente para meterse en una profesión fabulosa o en una especulación absurda, completamente reñidas con «la conveniencia de las cosas», y en negocios que en absoluto pueden considerarse como tales. De modo que se puede distinguir inmediatamente a estos sujetos por la naturaleza de sus oficios. Si reparan en un hombre que se mete a comerciante, fabricante o que se dedica a la venta de algodón o de tabaco, o a cualquiera de esas profesiones extravagantes, o que pone una tienda de comestibles o una fábrica de jabón, o algo de este tenor, o que pretende ser abogado, herrero o médico —cualquier cosa fuera de lo normal—, lo pueden clasificar de genio sin más y, por la misma regla de tres, de asno.