El hombre de negocios

El hombre de negocios

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Yo no soy un genio en ningún sentido, sino un hombre de negocios normal y corriente. Mi agenda y mi libro mayor pueden atestiguarlo en cualquier momento. Están bien llevados, aunque esté mal decirlo, y en mis costumbres de puntualidad y exactitud no me gana ni un reloj. Además, mis ocupaciones siempre han armonizado con las costumbres habituales de mis semejantes. Y no es que me sienta ni mínimamente en deuda, a este respecto, con los mentecatos de mis padres, que, sin lugar a dudas, habrían acabado por hacer de mí un genio redomado si mi ángel de la guarda no hubiera acudido a tiempo en mi auxilio. En la biografía, la verdad lo es todo, y muy especialmente en la autobiografía; pero apenas espero que me crean cuando afirme solemnemente que mi pobre padre me colocó, cuando yo contaba unos quince años de edad, en la contaduría de lo que él llamaba «¡un respetable comisionista y comerciante de artículos de ferretería que hace excelentes negocios!». ¡Excelentes sandeces! Sin embargo, la consecuencia de esta estupidez fue que, al cabo de dos o tres días, tuvieron que llevarme a casa de mi torpe familia con una fiebre elevada y un dolor sumamente fuerte y peligroso en el sincipucio, que se extendía alrededor de mi órgano del orden. Casi llegaron a desahuciarme —estuve pendiente de un hilo seis semanas—, los médicos me daban por perdido y todas esas cosas. Pero, aunque sufrí mucho, se puede decir que fui un muchacho agradecido. Me libré de ser «un respetable comisionista y comerciante de artículos de ferretería que hace excelentes negocios» y me sentí agradecido a la protuberancia que había sido mi medio de salvación, y también a la bondadosa mujer que había puesto ese medio a mi alcance.


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