La Máscara de la Muerte Roja
La Máscara de la Muerte Roja Pero las otras habitaciones estaban abarrotadas, y en ellas latÃa febrilmente el ansia de la vida. Prosiguió asà el torbellino festivo, hasta que al cabo el reloj inició las campanadas de la medianoche. Y cesó entonces la música, como ya he dicho; y los que bailaban interrumpieron el vals; y, como en otras ocasiones, todo quedó desasosegadamente detenido. Pero ahora eran doce las campanadas que tenÃan que sonar; y ocurrió asÃ, quizá, que al disponer de más tiempo, más grave se tornó la reflexión de quienes en la concurrencia ya estaban pensativos. Y también ocurrió asÃ, quizá, que antes de que el último eco de la ultima campanada hubiera desaparecido en el silencio, muchos ya habÃan reparado en la presencia de una figura enmascarada que hasta entonces no habÃa llamado la atención de nadie. Y de boca se extendió el rumor de esta nueva presencia, y al poco se alzó en toda la compañÃa un susurro, un murmullo de desaprobación y sorpresa, luego, por último, de terror, de horror y de asco. En una congregación fantasmagórica como la que he pintado, bien se puede suponer que ningún atuendo ordinario habrÃa causado tal sensación. De hecho, esa noche la libertad en los disfraces era prácticamente ilimitada; pero la figura en cuestión habÃa rizado el rizo, superando incluso los lÃmites del gusto permisivo del prÃncipe. Hay fibras aún en el corazón de los más osados que no pueden tocarse sin que se emocionen. Hasta los casos perdidos, para quienes la vida y la muerte son una misma broma, creen que hay ciertos asuntos con los que no se puede bromear. En todos los asistentes, desde luego, se apreciaba ahora la sensación intensa de que el disfraz y el porte del extraño carecÃan de todo ingenio y decoro. Era una figura alta y lúgubre, amortajada de la cabeza a los pies con el atuendo de la tumba. La máscara que ocultaba representaba tan fielmente el semblante rÃgido de un cadáver que al observador más atento le resultarÃa difÃcil descubrir el engaño. Aun asÃ, todo esto lo habrÃa soportado, si no aprobado, aquella alocada concurrencia. Pero el enmascarado habÃa llegado incluso a asumir el aspecto de la Muerte Roja. La sangre le salpicaba la vestimenta… , y su ancha frente, y todas sus facciones, aparecÃan moteadas por el horror escarlata.