Narracion de Arthur Gordon Pym

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29 de julio.— El tiempo se mantuvo igual. El brazo herido de Augustus comenzó a mostrar síntomas de gangrena. No le dolía mucho, pero se sentía adormilado y tenía muchísima sed. Nada podíamos hacer para aliviarlo como no fuera frotarle las heridas con un poco de vinagre proveniente de las aceitunas, sin que al parecer le hiciera ningún bien. Nos esforzamos lo más posible por mejorar su situación y triplicamos su ración de agua.

30 de julio.— Un día sumamente caluroso, sin nada de viento. Durante toda la mañana vimos un enorme tiburón pegado al casco. Hicimos varias infructuosas tentativas para capturarlo con ayuda de un lazo. Augustus había empeorado mucho, y no había duda de que su rápida agravación se debía a la falta de alimentos adecuados y a las consecuencias de sus heridas. Rogaba constantemente que la muerte viniera a librarlo de sus sufrimientos. Por la tarde comimos nuestras últimas aceitunas y descubrimos que el agua del cántaro estaba tan corrompida que sólo podíamos tragarla mezclada con vino. Decidimos matar la tortuga por la mañana.





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