Narracion de Arthur Gordon Pym
Narracion de Arthur Gordon Pym El enfermo no pareció aliviarse mucho después de beber. Tenía el brazo completamente negro desde la muñeca hasta el hombro y los pies estaban helados. Esperábamos a cada instante que exhalara el último suspiro. Había enflaquecido espantosamente, y si al salir de Nantucket pesaba ciento veintisiete libras, ahora no pasaba de cuarenta o cincuenta a lo sumo. Se le habían hundido los ojos en las órbitas, al punto que casi no se le veían, y la piel de las mejillas le colgaba fláccida, impidiéndole casi masticar cualquier alimento y hasta tragar un líquido.
1.° de agosto.— El tiempo continuó sereno y el calor del sol resultaba sofocante. Sufrimos terriblemente a causa de la sed, pues el agua del cántaro estaba ya completamente corrompida y llena de gusanos. Pudimos, sin embargo, beber una parte, luego de mezclarla con vino, pero apenas nos calmó la sed. Hallamos mayor alivio bañándonos en el mar, pero sólo podíamos hacerlo a largos intervalos, pues los tiburones acudían continuamente. Veíamos ahora con toda claridad que no había salvación para Augustus; nuestro compañero se moría. Nada podíamos hacer para aliviar sus sufrimientos, que eran terribles. Murió hacia mediodía, en medio de fuertes convulsiones, y sin haber hablado desde hacía varias horas.