Narracion de Arthur Gordon Pym

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Ni siquiera por un instante pusimos en duda que lograrían su intento. Por más resueltos que estuvieran a defenderse los seis hombres que habíamos dejado a bordo, su número era enormemente desproporcionado para poder disparar eficazmente los cañones y sostener lucha tan desigual. Parecía casi imposible imaginar que ofrecieran alguna resistencia, pero en esto me equivocaba, pues no tardé en ver que maniobraban con el cable del ancla, colocando la nave de manera de enfrentar a los salvajes por el lado de estribor. A todo esto, las canoas se hallaban ya a tiro de pistola del barco y las balsas seguían a un cuarto de milla a barlovento. Debido a alguna causa desconocida, pero más probablemente por la agitación de nuestros pobres compañeros al verse en situación tan desesperada, la descarga de los cañones resultó un completo fracaso. Ninguna canoa fue alcanzada, ni herido ningún salvaje, pues la metralla resultó corta y rebotó sobre sus cabezas. El único efecto logrado fue el asombro que produjo al enemigo aquel estampido y el humo subsiguiente, tan vivo, que por un momento llegué a pensar que abandonarían sus designios y volverían a tierra. No hay duda que así lo hubieran hecho si nuestros hombres hubieran continuado su contraataque con una descarga de las armas más pequeñas, pues como las canoas se hallaban tan cerca no hubieran dejado de causarles muchas bajas, por lo menos las suficientes para impedirles que siguieran avanzando, mientras disparaban nuevamente los cañones contra las balsas. Pero, en vez de eso, dieron tiempo a los salvajes de las canoas a que se recobraran de su espanto y repararan en que no habían sufrido ningún daño, y, mientras ello ocurría, nuestros compañeros se precipitaban a babor para defenderse del avance de las balsas.


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