Narracion de Arthur Gordon Pym

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Tomando el reloj, lo apliqué al oído y vi que había vuelto a pararse, pero esto no me sorprendió en lo más mínimo, ya que estaba convencido, a juzgar por lo que sentía, de que había vuelto a dormir muchísimo tiempo, aunque me fuera imposible precisarlo exactamente. Me consumía la fiebre y sentía una sed intolerable. Busqué a tientas en el cajón mi pequeño remanente de agua; estaba a oscuras, pues la bujía se había consumido hasta el fondo de la linterna, y no encontraba la caja de fósforos. Di, sin embargo, con el cántaro, y descubrí que estaba vacío; indudablemente Tigre no había podido resistir a la tentación de beber, y asimismo había devorado los restos de carnero, cuyo hueso mondado encontré al asomarme fuera del cajón. No me importaba la carne, dado que estaba echada a perder, pero me espantó comprender que me había quedado sin agua. Sentíame muy débil, al punto que no podía hacer el menor movimiento sin temblar de la cabeza a los pies como si tuviera calentura. Para colmo de males el bergantín cabeceaba y rolaba con gran violencia, y los barriles de aceite colocados sobre el cajón se hallaban en peligro de venirse al suelo, bloqueando mi único medio de ingreso o regreso. Sentía asimismo los terribles efectos del mareo. Pensando en todo eso resolví llegar de cualquier manera hasta la trampa, en busca de un socorro que quizá más adelante me fuera vedado. Resuelto a ello, busqué otra vez a tientas las cerillas y las bujías. Encontré las primeras; pero, al no ver las bujías en su sitio (que recordaba perfectamente), abandoné la búsqueda por el momento y, luego de mandar a Tigre que se estuviera quieto, inicié mi viaje en dirección a la trampa.


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