Narracion de Arthur Gordon Pym

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Al enderezarme con esta intención me di cuenta de que la tarea era aún más difícil de lo que había supuesto. A cada lado del estrecho pasadizo se alzaba una enorme pared formada por diversos y pesados materiales, que el menor error de mi parte podía precipitar sobre mi cabeza, o, si me salvaba de esto, bloquear completamente el pasaje de regreso, tal como lo estaba el de ida por el cajón. Noté que este último era largo y pesado, sin el menor asidero para trepar. Inútilmente traté de aferrarme a la parte más alta empleando todos los recursos posibles y confiando en que en esta forma conseguiría izarme hasta arriba. Pero, de haberlo conseguido, estoy seguro de que las fuerzas me hubieran abandonado en el momento de trepar, y fue harto preferible que fracasara. Por fin, al hacer un desesperado esfuerzo para mover el cajón, sentí que cedía ligeramente en la parte situada de mi lado. Pasé rápidamente la mano por el borde de las tablas y noté que una de las más grandes se hallaba a medias suelta. Con ayuda de mi cortaplumas, que por suerte llevaba conmigo, logré tras un enorme trabajo desprender por completo la tabla, y, luego de deslizarme por la abertura, comprobé con grandísima alegría que del otro lado no había tablas; en otras palabras, que al cajón le faltaba la tapa y que lo que yo acababa de franquear era su fondo. De ahí en adelante no encontré mayores dificultades para llegar hasta el clavo. Latiéndome de prisa el corazón, presioné suavemente la trampa. No se levantó tan fácilmente como había esperado, y apreté otro poco, temiendo siempre que en el camarote pudiera hallarse alguien más aparte de Augustus. Pero la trampa no cedió, con gran asombro de mi parte, asombro al que siguió una cierta intranquilidad, pues recordaba que anteriormente se requería poca o ninguna fuerza para levantarla. Empujé con violencia… y no se abrió. Me lancé contra ella con todas mis fuerzas, con rabia, con desesperación… sin que cediera. Y no costaba mucho darse cuenta, por la total resistencia que oponía aquella tabla, que el agujero había sido descubierto y clavado, o que sobre él habían puesto un enorme peso, que jamás podría remover desde abajo.


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