Narracion de Arthur Gordon Pym
Narracion de Arthur Gordon Pym Una fuerte mano lo mantuvo inmóvil en el suelo de la cámara, aferrándolo por la garganta; pudo, sin embargo, darse cuenta de lo que ocurrÃa en torno. Su padre estaba atado de pies y manos y yacÃa en los peldaños de la escalera de la cámara, cabeza abajo, perdiendo abundante sangre de una profunda herida en la frente. No dijo una palabra y parecÃa estar agonizando. Sobre él se inclinaba el piloto, contemplándolo con una expresión de diabólica burla, mientras revisaba uno por uno sus bolsillos, de los que no tardó en sacar una gran cartera y un cronómetro. Siete de los tripulantes (entre los cuales se contaba el cocinero negro) estaban dedicados a revisar los camarotes de babor, en busca de armas, y no tardaron en proveerse de mosquetes y municiones. Aparte de Augustus y el capitán Barnard habÃa nueve hombres en la cámara, los de peor calaña de la tripulación del bergantÃn. No tardaron en subir al puente, llevando a mi amigo con las manos atadas a la espalda. Fueron directamente al castillo de proa, que se hallaba cerrado y custodiado por dos de los amotinados con hachas en las manos; habÃa otros dos en la escotilla principal.
—¡Eh, los de abajo! —gritó el piloto—. ¡Vamos, afuera… de a uno… y nada de protestas!