Narracion de Arthur Gordon Pym
Narracion de Arthur Gordon Pym Procedió entonces a desatarse los pies, dejando la soga en forma tal que pudiera volver a atarla en caso de que alguien bajara, y se puso a examinar el mamparo en la parte que daba contra la litera. El tabique era de madera de pino muy blanda, de una pulgada de espesor, por lo cual no resultaría difícil abrirse paso a través de ello. Oyóse en aquel momento una voz en la escala del castillo de proa, y Augustus tuvo el tiempo justo de meter la mano derecha en las esposas (pues no había retirado la izquierda) y estirar la soga arrollada a sus pies, antes de que apareciera Dirk Peters, seguido de Tigre, quien inmediatamente saltó a la litera y se echó. El perro se hallaba a bordo por obra de Augustus quien, sabedor de mi afecto por aquel animal, había pensado que me daría gusto tenerlo conmigo durante el viaje. Había ido a casa a buscarlo, inmediatamente después de dejarme en mi refugio de la cala, pero más tarde, cuando me trajo el reloj, no se le ocurrió mencionar el hecho. Desde que se produjera el motín, Augustus había dejado de ver al perro y lo dio por perdido, suponiendo que alguno de los perversos partidarios del piloto lo había tirado por la borda. Más tarde supo que Tigre se había arrastrado hasta un agujero situado debajo de uno de los botes balleneros, y que, por falta de espacio para volverse, le había sido imposible volver a salir. Peters lo libró de su situación y, con esa especie de bondad que mi amigo tenía hartos motivos para apreciar, lo traía para que le hiciera compañía. Le dejó asimismo algo de cecina salada, patatas y un jarro de agua, prometiendo al marcharse que al día siguiente volvería con más provisiones.