Narracion de Arthur Gordon Pym

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Una vez que Peters se hubo alejado, Augustus soltó sus dos manos y se desató los pies. Arrollando la cabecera del colchón donde lo habían tirado, sacó su cortaplumas (ya que los amotinados no se habían molestado en registrarlo) y se puso a cortar vigorosamente una de las tablas del tabique, lo más cerca posible de la base de la litera. Decidió hacerlo en ese lugar, pues en caso de ser bruscamente interrumpido podría ocultar su obra dejando caer el colchón en su sitio. Nadie lo molestó sin embargo durante la tarde, y al llegar la noche había cortado por completo la tabla. Conviene hacer notar aquí que ninguno de los tripulantes ocupaba el castillo de proa como camarote, pues se habían instalado todos en la cámara, bebiendo los vinos y comiendo las provisiones del capitán Barnard, sin preocuparse más que lo absolutamente imprescindible de la navegación del bergantín. Tales circunstancias resultaron tan afortunadas para Augustus como para mí, pues de haber sido otras mi amigo no habría logrado llegar a mi lado. Tal como estaban las cosas, podía llevar adelante su plan, pero sólo cuando faltaba poco para el amanecer completó el segundo corte de la tabla (a un pie por encima del primero), abriendo así un agujero lo suficientemente grande para poder pasar al sollado. Una vez allí llegó sin dificultad a la escotilla principal, aunque para ello tuvo que abrirse paso entre barriles de aceite amontonados hasta tocar casi el puente superior, y que apenas dejaban espacio para deslizar el cuerpo. Llegado a la escotilla, descubrió que Tigre lo había seguido, deslizándose a su vez entre las filas de barriles. Ya era demasiado tarde para tratar de llegar hasta mí antes del amanecer, pues la principal dificultad residía en pasar a través del compacto arrumaje de la bodega inferior. Decidió, pues, volverse y esperar a la noche siguiente. Con esta intención se puso a aflojar la tapa de la escotilla, a fin de perder el menor tiempo posible en su próxima tentativa. Tan pronto la había soltado, Tigre saltó ansiosamente a la pequeña abertura, olfateó un momento y luego se puso a gemir, mientras arañaba la tapa como si quisiera levantarla con las patas. Su conducta demostraba sin lugar a dudas que se había dado cuenta de mi presencia en la cala, y Augustus pensó que, si lo dejaba bajar, se las arreglaría para llegar hasta mí. Fue entonces cuando le vino la idea de enviarme el mensaje, ya que mucho temía que yo tratara de abrirme camino hasta el puente, cosa harto peligrosa en esas circunstancias; además no estaba completamente seguro de poder llegar hasta mí al día siguiente. Los sucesos posteriores probaron hasta qué punto fue afortunado que se le ocurriera esta idea, pues de no haber recibido yo la nota indudablemente hubiera encontrado alguna manera de hacerme oír de la tripulación, y lo más probable es que ello nos hubiera costado la vida a los dos.


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