Narraciones extraordinarias
Narraciones extraordinarias De pronto, a través del leve velo de la funérea niebla, se levantó la luna. Una luna roja. Y mis ojos se fijaron entonces en una gran roca gris que se alzaba en la margen del río y a la que aquélla iluminaba. La roca era gris, siniestra, altísima… En ella había unos caracteres grabados. Avancé hacia ella por la larga marisma de nenúfares, hasta que me encontré próximo a la orilla, para poder leer aquellos caracteres grabados en la piedra. Pero no podía descifrarlos. Decidí, en esto, retroceder, y la luna brilló entonces con un rojo más vivo. Me volví y miré otra vez hacia la roca. Volví a mirar los caracteres. Y finalmente, pude leer estas palabras: DESOLACIÓN.
Miré hacia arriba. En lo alto de la roca había un hombre en pie. Y, para espiar sus acciones, me escondí entre los nenúfares…
El hombre era imponente, mayestático, y desde los hombros hasta los pies, envolvíase en la toga de la antigua Roma. Su silueta era indistinta, pero sus rasgos eran los de la divinidad. Porque, a pesar de las sombras de la noche, y de la niebla, sus rasgos faciales fulguraban. Su frente era ancha y reflexiva. Y los ojos aparecieron núblados por las cavilaciones. Leíanse en las arrugas de sus mejillas las imaginaciones del tedio, del cansancio y del disgusto de la Humanidad, a la vez que un gran deseo de soledad.