Los placeres y los dias
Los placeres y los dias El mar tiene el encanto de las olas que no callan durante la noche, que son para nuestra vida inquieta un permiso para dormir, una promesa de que no todo ha de aniquilarse, como los niñitos que se sienten menos solos cuando brilla el velador. No está separado del cielo, como la tierra; está siempre en armonía con sus colores, se conmueve con sus matices más delicados. Irradia bajo el sol y todas las noches parece morir con él. Y cuando ha desaparecido, sigue lamentándolo, conservando algo de sus reflejos melancólicos y tan dulce que uno siente que al mirarlos se le deshace el corazón. Cuando casi ha llegado la noche y el cielo está sombrío sobre la tierra ennegrecida, luce aún débilmente, no se sabe por qué misterio, por qué brillante reliquia del día hundido bajo las aguas.
Refresca nuestra imaginación porque no hace pensar en la vida de los hombres, pero regocija nuestra alma, porque cómo ella, es aspiración infinita a impotente, impulso sin cesar quebrado de caídas, lamento dulce y eterno. También nos encanta como la música, que no lleva, como el lenguaje, el rastro de las cosas, que nada nos dice de los hombres, sino que imita los movimientos de nuestra alma. Al abalanzarse con sus olas, al caer con ellas nuestro espíritu, olvida sus propios desfallecimientos y se consuela en una armonía íntima entre su tristeza y la del mar que confunde su destino y el de las cosas.