Los placeres y los dias

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Entonces, contemplando esa terraza a la que ya no vendría, en la que nadie podría colmar su deseo, Ese mar también que se lo quitaba y le daba en cambio, en la imaginación de la muchacha, algo de su gran sortilegio misterioso y triste, encanto de las cocas que no poseemos; que reflejan demasiados cielos y mojan demasiadas riberas, Violante se echó a llorar.

—Mi pobre Agustín —dijo por la noche— me sucedió una gran desgracia.

La primera necesidad de las confidencias nacía para ella de las primeras desilusiones de su sensualismo, con tanta naturalidad como pace, de costumbre de las primeras satisfacciones del amor. Ella no conocía aún el amor. Poco después, sufrió por él, que es la única manera de aprender a conocerlo.

CAPITULO III PENAS DE AMOR






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