Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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—Mirad, yo observaré, y si algo llego a descubrir, y si llego a comprender la causa del disgusto de Su Majestad, os lo diré al punto; fiad en mí; sabéis que os amo, que me sacrificaría contenta por vuestra felicidad, y que todo mi anhelo es vivir a vuestro lado; nada temáis, fiad en mí y amadme como yo os amo.

—Ya sabéis doña Inés que os adoro.

—Ese pensamiento me anima, yo velare por vuestra suerte, adiós.

—¿Os vais?

—Vuelvo a la cámara de S. M.; quizá extrañe mi ausencia.

Los salones de palacio habían ya quedado desiertos, los patios estaban sombríos y no se escuchaba más que el lejano alerta de los centinelas.

Era ya la media noche.

En uno de los aposentos de palacio don Fernando de Valenzuela y su esposa conversaban sentados al lado de una mesa.

Doña Eugenia estaba serena, pero alegre; pensaba en que la fortuna parecía decidirse en favor de Valenzuela, y que aquel llamamiento de la reina era el principio de su valimiento.


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