Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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Don Fernando por el contrario, se creía al borde de un abismo. La conversación que había tenido con doña Inés, le preocupaba; mil sombrías ideas se agrupaban en su cerebro; pensaba en la persecución, en el destierro, en la pobreza.

Sonaron las doce.

—La media noche —dijo Valenzuela— quiero que me expliques tu empeño en que permanezca yo en vela.

—Vas a saberlo en este momento, Valenzuela, sígueme.

—¿A dónde vamos?

—Te suplico que no me preguntes, porque no podría contestarte.

—¿Pero a dónde me llevas?

—Es orden de S. M., sígueme.

Don Fernando se sintió turbado, la conversación que había tenido con doña Inés, la conducta misteriosa de doña Eugenia, todo le hacía presentir alguna desgracia.

Pero Valenzuela hubiera preferido morir antes que dar una ligera muestra de cobardía; tomó su sombrero y su capa y siguió a doña Eugenia.

El silencio que reinaba en palacio no se interrumpía, sino por el eco de las pisadas del joven.

Doña Eugenia parecía delizarse como una sombra.


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