Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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II

Refiérese lo que pasó en la cámara de Su Majestad a don Fernando de Valenzuela, y cómo éste tuvo miedo de comprender lo que nadie le dijo

Doña Eugenia caminaba delante abriendo y volviendo a cerrar las puertas.

Valenzuela no conocía el camino; además, en algunas partes la oscuridad era perfecta, y él se perdía en un sinnúmero de conjeturas.

De repente doña Inés se detuvo.

—Aguárdame aquí, don Fernando; no te muevas —le dijo— y sobre todo, procura estar en el mayor silencio.

Valenzuela obedeció instintivamente y sintió que doña Eugenia se alejaba.

—Indudablemente —pensó— esto quiere decir que algo se trama contra mí, y que mi Eugenia lo ha sabido y procura salvarme, porque no parece sino que me está facilitando la fuga… pero siquiera que me dijese algo.

Doña Eugenia tardó poco en volver, y acercándose a don Fernando y tomándole de la mano, le dijo:

—Ven, aquí hay una persona que desea hablarte.

Se abrió la puerta y penetraron en un aposento iluminado.

Valenzuela avanzó algunos pasos y cayó de rodillas.

Estaba delante de la reina.


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