Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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Doña María Ana de Austria vestía para aquella conferencia un traje que sin dejar de ser rico, indicaba más bien la coquetería de una mujer que trata de seducir a un amante, que la grandeza de una reina que pretende imponer y deslumbrar a uno de sus vasallos.

Si doña Eugenia no hubiera estado tan preocupada, si su corazón inocente no hubiera estado tan exento de malicia, habría advertido que doña María Ana de Austria se humanizaba mucho para recibir a don Fernando de Valenzuela.

Doña Inés de Medina habría leído un poema entero en el traje no más, que la reina se había puesto aquella noche.

Casi desaparecía la majestad y quedaba sólo la mujer.

Don Fernando vestía una media armadura; tenía sus largos y negros cabellos atados con una cinta o listón azul, y podía decirse que en aquella noche tenía el aspecto más bizarro de la corte.

La reina lo miró postrado, y durante algún tiempo ni le habló ni le ordenó que se levantara.

Aquella mujer, acostumbrada a ver de rodillas delante de su trono a los hombres más poderosos de Europa, parecía como que se lisonjeaba de ver en aquella actitud al oscuro hidalgo de Ronda, al ignorado poeta, al huérfano del padre Nitardo.


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