Las dos emparedadas
Las dos emparedadas —Levántate, Valenzuela —dijo por fin doña MarĂa Ana de Austria— levántate y acĂ©rcate, que quiero hablarte.
Don Fernando se levantĂł y se acercĂł a la reina.
Doña MarĂa de Austria estaba hermosa en aquella noche; sus pálidas mejillas se habĂan coloreado; brillaban sus ojos, y su boca dejaba adivinar una sonrisa de benevolencia.
—Estoy dispuesto a servir a V. M. —dijo Valenzuela con voz conmovida.
—Valenzuela, creo que puedo contar con tu lealtad, y por eso te he hecho venir.
—Señora, no tiene V. M. más que decir una sola palabra y sacrificaré gustoso mi vida.
—Te creo, Valenzuela, y por eso quiero confiar en ti; aunque soy la reina, estoy sola, aislada, me rodean hombres de cuya lealtad no estoy segura, por todas partes asechanza, intrigas, ambiciones; ni un corazón limpio, ni una palabra verdadera; soy la reina, y mi poder se desvanece al atravesar los umbrales de esta cámara.