Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
Elimínalos ahora 🚀

—Señora —exclamó Valenzuela olvidando que conforme al ceremonial no le era lícito hablar sin ser interrogado— soy un hombre oscuro, sin talento, casi sin amigos; pero me siento fuerte, vigoroso, grande si se trata de servir a V. M.; me parece, señora, que mi corazón crece, que mi brazo se pone más robusto, que mi inteligencia se purifica y se aclara cuando considero que mi brazo tiene que combatir por V. M., que mi corazón tiene que alentar en su servicio, que mi cerebro va a pensar por V. M. No veo obstáculos, no comprendo peligros, no concibo ni imposibles si se trata de evitar a mi soberana un disgusto, una sola lágrima; señora, si mi existencia entera puede dar un solo instante de tranquilidad a V. M., mi existencia estoy pronto a sacrificar.

La reina escuchaba como arrobada aquel rasgo de entusiasmo caballeresco, en que don Fernando arrastrado por su imaginación ardiente hablaba a la mujer bella; Valenzuela hablaba más como hombre enamorado que como súbdito leal, y doña María Ana de Austria oía todo aquello como una declaración de amor, más que como una protesta de lealtad.




👉 Descargar el audiolibro GRATIS en Amazon
Reportar problema / Sugerencias

eXTReMe Tracker