Las dos emparedadas
Las dos emparedadas —Señora —exclamó Valenzuela olvidando que conforme al ceremonial no le era lÃcito hablar sin ser interrogado— soy un hombre oscuro, sin talento, casi sin amigos; pero me siento fuerte, vigoroso, grande si se trata de servir a V. M.; me parece, señora, que mi corazón crece, que mi brazo se pone más robusto, que mi inteligencia se purifica y se aclara cuando considero que mi brazo tiene que combatir por V. M., que mi corazón tiene que alentar en su servicio, que mi cerebro va a pensar por V. M. No veo obstáculos, no comprendo peligros, no concibo ni imposibles si se trata de evitar a mi soberana un disgusto, una sola lágrima; señora, si mi existencia entera puede dar un solo instante de tranquilidad a V. M., mi existencia estoy pronto a sacrificar.
La reina escuchaba como arrobada aquel rasgo de entusiasmo caballeresco, en que don Fernando arrastrado por su imaginación ardiente hablaba a la mujer bella; Valenzuela hablaba más como hombre enamorado que como súbdito leal, y doña MarÃa Ana de Austria oÃa todo aquello como una declaración de amor, más que como una protesta de lealtad.