Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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—Por ahora —dijo con amabilidad— aún no es llegado el tiempo de obrar, sino de observar; esta debe ser nuestra táctica; procura saber lo que hacen, lo que traman y hasta lo que piensan, si te es posible averiguarlo, y avísame; no quiero convertirte en un espía: quiero, Valenzuela, saber por ti, que no me has de engañar, lo que pasa en la corte; y aquí yo y tú pensaremos el rumbo que debe darse a los negocios.

—Señora, tanta bondad…

—Tú mereces todo, Valenzuela, porque eres noble, leal, generoso, valiente; todas las noches por ese mismo camino que te ha mostrado Eugenia, y a la misma hora, ven a darme cuenta de tus trabajos del día; pero cuida de que nadie penetre este secreto, que sólo sabremos tres personas en el mundo: yo, Eugenia y tú.

—Antes me arrancaría, señora, la lengua, que dejar escapar una sola palabra de esto.

—Fío en tu lealtad y en el amor que me profesas, Valenzuela.

Doña María Ana de Austria, al pronunciar esta frase tan común en boca de todos los reyes, sintió palpitar su corazón y encenderse su rostro.

Era que aquella frase, dirigida a don Fernando, salida, por decirlo así, de su corazón, significaba otra cosa que cuando se dirigía a cualquier vasallo.


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