Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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—¡Señora! —exclamó Valenzuela con los ojos chispeantes de entusiasmo; la vida, la salvación de mi alma por mi reina.

Doña María Ana de Austria se sonrió melancólicamente, y clavó sus ojos en los de Valenzuela, que la miraba con pasión.

No la reina y el vasallo, sino el hombre y la mujer se habían comprendido, y aquella conversación había explicado lo que no habían dicho las palabras.

Valenzuela sintió entonces un poco de miedo; conoció que doña María Ana de Austria podía ser para él otra cosa más que su reina; conoció que él debía apasionarse locamente de ella, y tanta felicidad y fortuna tan inesperada, le hicieron temblar.

Él, amado por una reina tan bella, tan poderosa; él, un hombre tan desconocido y sin valimiento.

Nada le había dicho doña María Ana de Austria que le diese derecho a interpretar aquello, pero él lo sentía en su alma, en su ser.

Aquellas miradas, aquellos repentinos momentos de silencio, todo, todo lo traducía Valenzuela, y todo era esperanza y amor.

Y sin embargo, sintió así algo como el frío del miedo.


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