Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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—Yo quisiera —continuó Laura— que Mallades, abandonara el partido del príncipe, y deseo tener tal influencia en su corazón, que pudiera decidirlo a ello; pero cuando pienso en esto, me ocurre que quizá lo verían sus amigos y sus adversarios con desprecio, y entonces me parece mejor que sufra la suerte que Dios quiera enviarle.

—¿Y si fuera la muerte?

—Mirad, doña Eugenia, la muerte de ese hombre sería quizá mi muerte; pero le amo tanto, que preferiría verle morir y perderle para siempre, a tenerle a mi lado sin honra y despojado de esa aureola de gloria que hoy le rodea.

—¿Qué decís?

—Si vos no sabéis lo que es amar, doña Eugenia, vos no comprendéis aún esa terrible lucha del corazón: don José de Mallades, sosteniendo en la corte con valor y con osadía la bandera del príncipe, combatido por todas partes, expuesto a todos los peligros; pero firme, sereno y arrogante a presencia de la muerte que le amenaza, es para mí más grande, más noble, más hermoso, que si libre y tranquilo me ofreciera un amor exento de sobresaltos y temores.


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