Las dos emparedadas
Las dos emparedadas —¡Oh! yo no soy de vuestra opinión, doña Laura, yo morirÃa de pena, si llegase a amar a un hombre como don José; porque no vivirÃa tranquila ni un instante, porque creerÃa que ese hombre me olvidaba en medio de sus aventuradas empresas…
—No, doña Eugenia, pensarÃais que érais vos la que le alentaba, y que en vos ponÃa su pensamiento en un momento de peligro.
—Doña Laura, mi carácter pacÃfico no me hace digna de ser la señora de los pensamientos de un caballero andante, os lo confieso, soy capaz de amar con dulzura y con tranquilidad.
—Y yo, adoro a don José de Mallades por su valor y su audacia.
Doña Eugenia miró con admiración a su amiga; aquel arranque de pasión, le parecÃa una locura.
—Perdonadme si os dejo —exclamó doña Laura— pero es la hora en que pasa don José, y no quisiera por nada dejar de verle.
—Id, doña Laura, y que seáis tan feliz como yo, le pido a Dios.
Las dos jóvenes se estrecharon las manos con efusión; doña Laura desapareció por una de las puertas.
Casi en el mismo momento en que doña Laura salÃa, por el otro lado de la estancia aparecÃa el padre Nitardo.