Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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Doña Eugenia se levantó, y adelantándose a su encuentro, le besó respetuosamente la mano.

—¿Estás sola? —dijo el jesuita en alemán.

—Sí, señor —contestó doña Eugenia, en el mismo idioma— doña Laura, acaba de salir en este momento.

—Bien, hija mía; ¿qué hay de nuevo por acá, has hablado con Su Majestad?

—Sí, señor; en la mañana de hoy he asistido a su tocador, y como las damas que allí estaban eran todas españolas, S. M. me habló en nuestro idioma.

—¿Y qué te dijo, hija mía?

—Lo de siempre: S. M. está triste; comprende la enemistad que os tienen estos nobles, y conoce que están orgullosos, porque cuentan con el príncipe don Juan de Austria…

—Sí —dijo el jesuita con profundo desdén— el hijo de la Calderona…

—Pero S. M. me dijo que antes consentiría perder el reino, que en abandonar a su confesor, a su único y verdadero amigo.


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