Las dos emparedadas
Las dos emparedadas —Oye, hija: esta tarde deberé anunciar a S. M. que los franceses intentan seriamente apoderarse del Bravante, y debo yo proponerle que por la Coruña se envÃen refuerzos al mando del prÃncipe don Juan, porque me importa sacarle de su madriguera de Consuegra y alejarle de Madrid lo más que se pueda; yo sé que sus partidarios, procuran hacerle creer a la reina, que sólo llamando a don Juan al consejo, podrá disiparse esa tempestad que se agrupa por el lado de los PaÃses Bajos; es llegado el momento de luchar; la reina se verá atribulada por sus consejeros, el de Aytona y el de Peñaranda son partidarios del prÃncipe, el cardenal de Aragón me aborrece porque S. M. me nombró inquisidor mayor, cuando él debÃa serlo; tú y yo tenemos necesidad de luchar con ellos, y los venceremos, porque tú, hija mÃa, y yo tenemos toda la confianza y todo el cariño de S. M.
—Creo que no debemos dudar del éxito, contamos con buenos amigos y numerosos partidarios.
—Ayer he hecho una soberbia adquisición.
—¿Algunos de los duques?