Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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—Mejor que eso: es un joven hidalgo, pobre, y desconocido, se llama don Fernando de Valenzuela, pero es el hombre que me conviene: joven y valiente, lucirá entre toda la nobleza, hermoso como un Adonis, será la ilusión de muchas damas, y sobre todo, dotado de un talento clarísimo va a ser para mí, un secretario particular, que dentro de muy poco tiempo podrán envidiarme todos los grandes ministros de Europa.

—Os doy el parabién, señor; ¿vais a presentarle en la corte?

—No, yo no, en la corte se presentará, pero no seré yo quien le presente; quiero que esto se haga, por conducto de una persona que no inspire desconfianzas a los partidarios de don Juan; para todos debe ser un secreto el que ese joven es mi protegido; sólo así podrá serme útil.

—Comprendo, señor.

—Va a presentarse la crisis, y es preciso esperarla bien prevenidos, la suma confianza podría perdernos.

—Es verdad, señor.

—Bien, hija mía, no olvides lo que te he dicho, y esta noche te volveré a ver.

El padre Nitardo tendió su mano a doña Eugenia que se la besó humildemente, y entró en los aposentos de Su Majestad.


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