Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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—Lo estoy en efecto —contestó el duque— que S. M., aún siendo como es un niño, en su temprana edad manifiesta tanta discreción que envidiarle podría un anciano experimentado; pero a propósito, si no temiera pasar por indiscreto, me atrevería a preguntar a vuestra merced, señora, ¿por qué motivo se ha separado del lado de la reina? Decíanme que vuestra merced era una de las damas a quien más distinguía.

—Así era en verdad, pero hay ocasiones en que no es posible hacer lo que se desea; de buen grado hubiera seguido al lado de S. M.

—¿Pues qué le ha impedido hacerlo a vuestra merced?

—Quizá sea hoy la primera vez que lo confiese, y eso merced a la gran confianza que me inspira la caballerosidad de vuestra merced y el cariño con que siempre me ha distinguido… —doña Inés lanzó al duque una mirada tan dulce, que él tuvo necesidad de contenerse para no hacer una locura.

—En palacio —continuó doña Inés— las cosas van muy mal; perdóneme vuestra merced esta confianza, pero la verdad es que ya don Fernando de Valenzuela manda en el reino tan a su sabor como no lo hizo en sus tiempos el padre Nitardo, y S. M. le escucha y le atiende como ni escuchó ni atendió nunca a su confesor.


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