Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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El duque, como todo hombre que habla con una mujer que le alucina, aprovechó la oportunidad para tratar de puntos amorosos.

—¿Y cree vuestra merced —dijo a doña Inés— que sea cierto eso que el vulgo refiere acerca de los amores de Su Majestad?

—Para contestar necesito antes hacer a vuestra merced otra pregunta, ¿estuvo vuestra merced en la última lid de toros?

—Sí, ciertamente.

—Entonces no sé cómo me pregunta de los amores de S. M.

—¿Por qué?

—¿Recuerda vuestra merced lo que allí pasó el primer día? Valenzuela se presentó en la arena con plumero blanco y negro, que por la viudedad, son los colores de la reina nuestra señora.

—En efecto.

—En el pecho llevaba atravesada una ancha banda, negra también, y en bordado de plata, una águila que miraba al sol; ¿y recordará vuestra merced el mote?

—No recuerdo.

—Éste, que harto significativo es en verdad, en derredor del águila decía: sólo yo tengo licencia.

—Soberbio mote.

—Y el mismo que tenía en los juegos de cañas en derredor de un Júpiter tonante.


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