Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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—Esto tanto quiere decir…

—Como que él sólo tiene licencia.

—Pluguiese a Dios que yo pudiera decir lo mismo —dijo intencionalmente el duque.

—¿Por S. M.? —preguntó maliciosamente doña Inés.

—Si por jerarquía no es majestad, la dama en quien pensaba al decir eso, reina y señora es por su belleza y discreto ingenio.

El duque quería aprovechar la oportunidad, porque doña Inés le seducía, y doña Inés estaba muy dispuesta a sucumbir porque necesitaba del duque, pero él no lo sabía y estaba tímido.

—¿Y quién es ese portento de belleza? —preguntó la joven fingiendo inocencia…

—Es una tan modesta belleza que oye mis palabras y cree que se dirigen a otra, que se oye proclamar la reina de las hermosas y aún busca quién es la reina.

—¡Ay! —dijo doña Inés— ¿pero está aquí con nosotros alguna dama?

Y volvió el rostro como buscando si estaba allí otra mujer a quien pudiesen convenir las galanterías del duque.

—¿Lo ha visto vuestra merced, señora? ¿Quién busca en este momento otra dama a quien aplicar el justo homenaje que se la tributa?

—¡Entonces yo!…


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