Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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—Sí, vos, señora: ¿qué tendría de extraño que yo tuviera honra y grandeza en servir a vuestra merced?

—De extraño nada, señor duque… pero… quizá no lo creería yo tan fácilmente.

—Sí lo creería vuestra merced, porque el amor no necesita pruebas, sino que al punto se adivina, se palpa si es cierto o fingido.

—Al menos algo de constancia en el pretender.

—Eso no lo haría por cierto mejor, que el oro es oro, probado o no.

—¿Pero y si no lo fuera?

—Os respondo de que lo es.

—¿Quién sabe? ¿Se sujetaría vuestra merced a la prueba?

—Es decir, señora, al tormento.

—Por ser como dice vuestra merced tan gran bien el que ha apetecido…

—Me sujeto, si al fin viene el premio…

—Vencida la prueba, vendrá…

Prolongóse así un poco la conversación con esas frases triviales de los amantes que no entran aún de frente en materia, y el duque se retiró lleno de ilusiones y doña Inés quedó llena de esperanzas.


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