Las dos emparedadas

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»Dominica 3.ª La monarquía predica el nudo, y el señor don Juan echando a Valenzuela».

Don Fernando se puso también pálido al ver aquel pasquín, que no contenía sino insultos para él y que no indicaba sino mala voluntad y amenazas completamente embozadas.

—¿Lo ves, don Fernando, lo ves? —exclamó Benavides rechinando los dientes y apretando los puños— son unos infames, unos ingratos.

—Sí —dijo melancólicamente Valenzuela— son unos ingratos, ¿yo qué le he hecho sino beneficios? Es verdad que podrán decir que yo no merecía este lugar y esta fortuna, ¡bien! Pero desde que Dios me trajo aquí, ¿he usado yo de este poder para perjudicar a alguien?

—Pero no te apenes…

—¿Qué no me apene, Benavides? ¿Sabes tú lo que es sentir el dardo de la ingratitud? ¡Ah! la ingratitud es un crimen horrible que no sólo hiere al alma, sino que la envenena; la ingratitud es el lazo que tiende el infierno a las almas nobles para perderlas; sí, Benavides, porque el corazón que ha hecho bien y sufre la ingratitud, está más próximo a caer en el vicio por este dolor, que si con halagos y dulzuras le llamaran al mal; porque la ingratitud produce el despecho.

La primera nube había pasado por el cielo de la fortuna de don Fernando.


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