Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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No creía él que todo el mundo le amaba, pero sí estaba seguro de no haber hecho mal a nadie, y esperaba que nadie le aborreciera.

Aquel pasquín le alumbraba un cuadro en que él no había pensado.

Se consideró entonces en la misma situación que el padre Nitardo: aborrecido, despreciado.

Benavides adivinó todo lo que pasaba en el corazón de su amigo y se retiró.

Entretanto el proyecto de doña Inés había tenido eco, y el rey Carlos II sentía ya por todas partes el odio que se respiraba en su casa contra el valido.

Ninguno de cuantos le rodeaban dejó de tomar su parte en la conspiración.

Los unos porque no habían recibido favor de Valenzuela, y los más encarnizados porque lo habían recibido.

En el mundo, y sobre todo, en política no hay mejor modo de hacerse de enemigos que hacer favores.

Cuando un hombre llega a una posición brillante y encumbrada, puede asegurar sin temor de equivocarse, que cuantos ha elevado se tornarán en enemigos suyos el día en que su poder vacile, en que su astro se eclipse.

Y de estos enemigos serán los más fieros los que con menos méritos hayan recibido más grandes servicios.

Es que con esto se forman ellos un paracaídas.


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