Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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Es que con sus gritos, sus calumnias y sus dicterios al que cae, quieren hacer olvidar que por él subieron.

Así sucede, y nadie toma experiencia en la historia, necesita adquirirla a costa de sí mismo.

No más que esta experiencia cede en perjuicio del corazón, lo endurece, lo pierde.

Y los hombres se vuelven malos y si llegan a subir al poder después de una de estas lecciones, no son ya los mismos que antes eran, y no habrá que culparlos, porque lo que entonces hagan no será venganza, sino justicia.

Sólo una reflexión puede consolar.

Que el hombre se asemeja más a Dios, a medida que ha hecho más ingratos. Feliz el que ha sufrido mil ingratitudes porque es la prueba de que ha hecho mil beneficios.

Don Fernando de Valenzuela había procurado el bien de muchos; por eso muchos procuraban la caída de Valenzuela.

El rey Carlos II había llegado a odiarle también instintivamente, y él era hombre de rencores bastante profundos.

Por su parte, el almirante de Castilla y el duque de Medina-Celi, excitados por el duque de Alburquerque, fomentaban ese odio.

Doña Inés era el alma de todo.


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