Las dos emparedadas
Las dos emparedadas El rey estaba muy cerca cuando el ciervo se detuvo un instante: el rey paró su caballo, y doña Inés hizo lo mismo; pero don Fernando de Valenzuela que iba distraído no lo advirtió y dejando pasar a su caballo avanzó algunos pasos delante del rey.
Carlos con un movimiento rapidísimo bajó su escopeta, brilló un fogonazo, se oyó el estallido y don Fernando de Valenzuela vaciló en la silla y se puso extraordinariamente pálido.
—¿Te he hecho mal, Valenzuela? —exclamó Carlos tirando la escopeta y adelantándose como espantado a donde estaba don Fernando.
—No ha sido esto nada, señor: V. M. puede seguir al ciervo, que está ya muy fatigado.
A pesar de aquella fingida sangre fría, todos notaron que don Fernando estaba lívido, y muchos cortesanos se bajaron de sus caballos para acercarse a él.
Aún era don Fernando en aquellos momentos el primer ministro y el favorito de la reina.
—¡Sangre! —exclamó imprudentemente un caballero.
Por uno de los estribos de la silla de Valenzuela se desprendía un hilo constante de sangre.
Entonces sí pareció demudarse el rey, y dando la vuelta se separó de allí seguido de doña Inés y de algunos cortesanos.