Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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Una multitud de personas quedaron rodeando a Valenzuela.

—¿Qué queréis? —dijo Carlos a doña Inés— vos lo habéis visto; no depende del hombre dar perfectamente en el objeto a que apunta.

Para los cortesanos tenĂ­an aquellas palabras el sentido de una disculpa por haber herido a Valenzuela.

Dirigidas a doña Inés se interpretaban como una disculpa por no haber dado suficientemente bien a Valenzuela.

Un montero pálido llegó a dar la noticia a la reina, que esperaba en palacio rodeada de sus damas, la vuelta del rey y de su comitiva.

El montero, que traía según le parecía a él, una misión importante, no había cuidado de la etiqueta y llegaba hasta la reina.

—Habla —le dijo S. M. al verle llegar— ÂżquĂ© hay?

—Señora, S. M. el rey mi señor ha herido de un balazo…

—¿A quién?…

—Al marqués de San Bartolomé de los Pinales…

—¡Dios mío!… mi sueño… mi sueño… —dijo la reina, y cayó desmayada en brazos de sus damas.


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